Sí. Pongamos
que un país pobre repentinamente se hace rico. No por trabajo sino por circunstancias
externas como las de Grecia cuando fue admitida en la zona del euro o las de Panamá
cuando allí se construyó el Canal.
Esa riqueza
repentina y deseada pero no planeada, cae en manos del Estado, y
en manos, por ende, del partido gobernante, el que se quiere quedar uno o dos o
muchos más períodos en el poder. Ese partido regalará dinero a los ciudadanos
para que lo voten nuevamente, para dárselas de buen gobernante y, en fin, para
retener el poder.
Pasados unos
cuantos años, la sociedad estará acostumbrada a que no hay necesidad de
trabajar para vivir bien. El Estado habrá creado la creencia de que con dos de
cada diez personas en edad laboral que trabajen está bien. Los otros ocho creerán
que no tienen por qué trabajar, que el Estado ¡está! obligado a mantenerlos. Pero
para entonces el Estado ya será un monstruo de magnitudes descomunales, de la
población económicamente activa tendrá absorbida un 20% o más, y ¿qué pasa si
aparte de esa terrible mala administración la riqueza, ésa que había llegado
sin mucho trabajo de por medio, decide marcharse a mejores horizontes? Pues el
resultado es, en las condiciones actuales, España o Grecia, por poner dos
sencillos ejemplos.
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