A veces resulta que hay
gobiernos que hacen las cosas bien, que un determinado país tiene
dinero, que la recaudación funciona, que las empresas se multiplican, que la
mano de obra está bien pagada, que los precios de los productos básicos
son razonables, en fin que el país funciona más o menos bien, que crece su economía,
que es confiable para los inversionistas y que sus habitantes gozan de ciertas
comodidades.
La pregunta es, ¿un país así
se puede descomponer? Sí, y muy fácilmente y de la mano del gobierno. Sólo es
necesario que llegue al poder un jefe de Estado al que no le guste la forma en
que el país está funcionando y se proponga reestructurar su economía.
Supongamos que este nuevo
hombre dice que hay empresas muy ricas y que no deben de estar en manos
privadas. Las expropia. Si cree que las leyes laborales son injustas con los
obramos, probablemente promulgue unas en extremo radicales. Quizás también
considere que faltan instituciones públicas y se ponga a crear todas las que se
le antojen. Probablemente sospeche que hay productos muy caros y decida
fijar precios tope. Y como corona a su magna obra tal vez considere que
sus compatriotas no deben de consumir mucho o nada los productos que no se
hacen en el país y suba los aranceles o invente cualquier pretexto para no
dejarlos entrar.
El resultado de todas estas
obras será, en un período de tiempo muy breve, un país completamente en el
esqueleto, con un Estado descomunal que consumirá todos los fondos posibles,
con falta de empleo y muy mal pagado el existente, con productos básicos por
las nubes y de pésima calidad, entre otras muchas desgracias que puede padecer
un país por culpa de sus gobernantes.

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