Se supone que los seres humanos somos civilizados, que entendemos,
razonamos, perdonamos, amamos y nos compadecemos unos de otros. Se supone que
hacemos leyes para vivir en armonía, para que la justicia impere y cada quien
obtenga lo que le reditúan sus esfuerzos. Se supone que comprendemos el derecho
a ser libres que tienen los demás, que somos capaces de respetar para poder
exigir ser respetados, y en suma que nuestra inteligencia nos da las armas
necesarias para hacer de nuestro mundo un lugar donde haya paz, tranquilidad y armonía.
Es cierto que el mundo podría funcionar bien. Pero no funciona bien. Las
leyes no son para todos, son para los que pueden pagar sus efectos. No puede
ser un delincuente de ningún modo quien tiene poder e influencias. Las víctimas
pobres son cifras para la historia más que una realidad en el presente. El respeto
pierde importancia ante los intereses económicos. La libertad cae ante los
intereses políticos. La dignidad es siempre ignorada por prejuicios raciales y
culturales. Y los logros muchas veces exigen olvidar las leyes y los derechos
de otros para cristalizarse.
Y ése es el mundo que tenemos. Por más que se muevan algunas cosas, que
se cambia de presidentes, de reyes, de dictadores y empresarios, el mundo
siempre funcionará así. A veces se compone un poco en una parte, pero se
descompone lo que funcionaba bien en otra. En resumen, el mundo funciona mal. Pero
así son las cosas. No nos queda de otra más que aprender a vivir en él.

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