lunes, 15 de febrero de 2010

La importancia de la antigüedad en las instituciones

Cada que en un país son pasadas por alto las reglas y que se derroca al jefe de Estado y se implanta un gobierno ilegal, se está causando a ese pueblo un grave daño, el cual solo podrá reparar, y no del todo, el tiempo. Porque para que una institución sea tomada con seriedad y respetada por todos, es innegable que requiere antigüedad. Entre más mejor.

Tanta importancia tiene la antigüedad de las instituciones, que es imposible que podamos imaginar ver al presidente de los Estados Unidos derrocado mientras se implanta una dictadura que gobernara con brazo de hierro. Imposible. Desde Washington hasta Obama todos han llegado al poder por la vía del voto y nadie a pretendido quedarse por la fuerza mas tiempo del que le permitía la ley. Más de dos siglos de tradición hacen a ese país la republica más estable de todo el globo.

En México no podemos presumir tanto, pero tampoco estamos en el último lugar. Después de Porfirio Díaz ya ningún dictador se eternizo en el puesto, y de que él se fue pronto se cumplirán cien años. Desde Álvaro Obregón no hemos tenido presidentes efímeros, el último fue Adolfo de la Huerta con medio año en la silla, pero de eso ya pasaron nueve décadas. Y la tradición que empezaba a nacer con la cual nadie podía reelegirse, logro consolidarse precisamente cuando acribillaron al propio Obregón, que ya había ganado las elecciones para un segundo periodo como todopoderoso.

Desgraciadamente padecimos al PRI, y de eso nadie podría sentirse orgulloso, aunque siga dando lata. Pero de todo lo malo que hicieron, que fue mucho, por lo menos nunca permitieron que un mismo idiota se quedara más de seis años en la presidencia. Cierto que hubo títeres manipulados, pero afortunadamente eso no perjudica la antigüedad de una institución. Gracias a ello, hoy en México es difícil, más no imposible, que un presidente busque la reelección, y más aun es difícil, aunque sigue sin ser imposible, que veamos un golpe de Estado. Desde luego que no seria siempre malo que un presidente gobernara durante dos periodos, tal vez no, pero por desgracia en nuestros últimos ciento ochenta y nueve años como país independiente -que es lo que llevamos y no dos siglos, pero allá el que se crea eso de bicentenario, que es poco menos absurdo que celebrar una Revolución para la cual lo menos sensato es celebrarle algo- nos han gobernado casi siempre puros idiotas. Por eso con un sexenio es más que suficiente.

Más al sur del continente las cosas son menos alentadoras. En Honduras, mientras son peras o manzanas, el puesto de presidente no tendrá de momento, ni en los años que siguen, mucha solides. Tiene que pasar algo de tiempo para que la población vuelva a empezar a aprender que el presidente, por idiota que sea, fue elegido por el pueblo y por lo tanto tiene el derecho de gobernar desde el primero hasta el último día que la ley se lo permite. Lamentablemente ese país centroamericano ha vuelto a empezar desde cero con la democracia. Lo preocupante es que los latinos hemos demostrado que aprender a valernos de ella puede llevarnos muchísimo tiempo.

Seria bueno que aprendiéramos a repudiar a quienes pretenden quedarse la vida entera, por las buenas o por las otras, en el puesto de presidente, mientras diseñan el país a su gusto, que viene a ser a su imagen y semejanza: podrido por todos lados. Porque cada que se rompen las reglas y se voltea a un pueblo patas para arriba, no queda más que un himno, una bandera y un idioma, por desgracia no lo suficiente para crear un país. En lo institucional tiene que empezarse, otra vez, desde el principio.

Por eso siempre será mejor soportar a un presidente cuatro o seis años que a un dictador medio siglo. El error de votar por un idiota -que muchos hemos cometido alguna vez-, no se remedia alegrándonos cuando por la fuerza lo quitan del puesto. Lo único que podemos hacer es no volver a usar el voto de forma tan equivocada. Eso, desgraciadamente, tampoco es muy fácil de aprender.

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